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La paradoja de Netflix: ¿por qué fallan las maratones de series?

encrucijada de Netflix

El gigante del streaming sufre caídas históricas de audiencia en las nuevas temporadas de sus éxitos. La necesidad de retener suscriptores impulsa un regreso clave a la televisión tradicional.


Netflix, el líder indiscutido del streaming con 325 millones de suscriptores globales a fines de 2025, enfrenta hoy un dilema inesperado. El método del binge-watching (maratones de series) que la propia compañía popularizó para conquistar al público se ha convertido en su mayor problema. La falta de fidelidad de los espectadores entre temporadas plantea un cambio urgente de estrategia en la plataforma.

El fantasma de la segunda temporada: desplomes de hasta el 80%

El panorama actual del streaming revela un coletazo imprevisto del modelo compulsivo. La gran alerta roja se encendió el pasado 25 de junio con el estreno de la segunda temporada de Avatar: La leyenda de Aang. El debut de esta ambiciosa adaptación en 2024 rozó los 21 millones de visualizaciones en sus primeros cuatro días. Sin embargo, su segunda entrega no llegó a los nueve millones en el mismo lapso de tiempo, registrando una aparatosa caída del 59% de la audiencia, según datos de Variety.

No es un caso aislado. La agridulce sitcom romántica Las cuatro estaciones, protagonizada por figuras de la talla de Tina Fey, Will Forte y Colman Domingo, se desmoronó un 63% al pasar de casi 12 millones de espectadores en su debut a apenas 4,5 millones en su segunda tanda. Beef sufrió un descenso similar del 58%, mientras que el thriller adolescente Asesinato para principiantes vivió una verdadera catástrofe: su segunda temporada se desplomó un 80% respecto a la primera, a pesar de la agresiva campaña publicitaria de mayo.

¿Cómo se explica esta fuga masiva de espectadores de un año al otro? La psicología del consumidor ofrece la primera respuesta. El estreno integral de una serie sacia la ansiedad inmediata del espectador, pero al costo de quemar el contenido en un fin de semana. Cuando la continuación tarda entre dos y tres años en producirse —debido a los tiempos lógicos de escritura, rodaje, postproducción y las agendas de los elencos—, el entusiasmo inicial se ha evaporado. Sin un lazo adictivo extremadamente fuerte, la euforia previa es reemplazada por el desgano o la indiferencia. El espectador asume una condena inconsciente ante la larga espera: «¿Para qué entusiasmarme tanto con algo que va a tardar años en volver?».

La silenciosa revancha del cable tradicional

Frente a la crisis del modelo Netflix, la competencia sonríe aplicando recetas del pasado. Plataformas como HBO Max (con 140 millones de abonados) y, en menor medida, Disney+ (131,5 millones) y Paramount+, han blindado a sus buques insignia liberando un solo episodio por semana.

Títulos de la talla de Game of Thrones, The Last of Us, The White Lotus o Tierra de mafia demuestran que la vieja fórmula de la televisión lineal sigue siendo la más eficaz. Al espaciar los capítulos, la conversación cultural alrededor de la serie se sostiene durante meses y los tiempos de espera entre temporadas se perciben más cortos. Según registros de Variety, la caída de audiencia global de Game of Thrones entre su segunda y tercera temporada fue de apenas un 8%. Una cifra impensable para los parámetros actuales de Netflix.

A esto se suma una lógica de negocios fría y particular del gigante del streaming. Como bien señalaba un análisis reciente del diario británico The Guardian, Netflix no define el éxito comercial basándose estrictamente en la audiencia que se mantiene, sino en el volumen de nuevos suscriptores que logra captar.

«Si te entusiasmó tanto la idea de una serie como Avatar que te llevó a suscribirte, la plataforma ya obtuvo tu dinero. No ganará más produciendo otra temporada de la misma calidad. Su mejor opción para crecer es apostarlo todo a la primera temporada de una nueva serie que pueda atraer a su vez nuevos suscriptores», explica el informe. Aunque la lógica financiera le sonríe —con incrementos trimestrales de ingresos del 18% y una suba del beneficio neto cercana al 30% a fines de 2025—, el ritmo de crecimiento se está desacelerando. El aumento de 40 millones de usuarios durante 2025 fue notoriamente inferior al ritmo de 2024.

Canales en vivo, deportes y «la vuelta al pasado»

Lejos de resignarse, Netflix ya prepara una profunda diversificación de sus estrategias para capturar y retener la atención sin alterar su método de estreno de series de ficción. De acuerdo con revelaciones de The Wall Street Journal, el cambio más audaz sobre la mesa es la creación de canales temáticos de televisión con transmisiones en vivo y en directo las 24 horas del día, emulando la propuesta de plataformas gratuitas como Pluto TV.

Esta jugada tiene un objetivo nítido: el mercado publicitario. Al emitir contenidos en continuo, la plataforma puede insertar tandas de anuncios tradicionales que el espectador no podrá omitir. Esto abre un grifo multimillonario de nuevos ingresos que complementará el cobro de membresías, tal como la empresa admitió recientemente en una carta a sus accionistas.

La mutación hacia la televisión tradicional ya está en marcha. La prueba más evidente en nuestra región es la fuerte apuesta por eventos deportivos y espectáculos en vivo. Netflix se ha convertido en la pantalla global de la lucha libre estadounidense de la WWE. Hoy, los suscriptores argentinos pueden acceder a tres emisiones en vivo semanales de sus marcas principales: RAW (lunes a las 21:00), NXT (martes a las 21:00) y SmackDown (miércoles a las 21:00). Y los planes no terminan allí: el boxeo, el tenis y otras disciplinas en tiempo real asoman en el horizonte inmediato de la grilla.

El campo de batalla ha cambiado. En esta nueva era de la economía de la atención, Netflix ya no compite solo con la televisión por cable o con los estudios de Hollywood. Ahora mira de reojo a rivales como TikTok y YouTube, donde el formato de video ultra corto reina.

La paradoja se ha completado: para asegurar su supervivencia y mantener su corona de líder indiscutido, el pionero del futuro audiovisual está obligado a rescatar y abrazar las viejas herramientas de la televisión analógica que alguna vez prometió destruir.

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