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La brujería, la prisa y la nostalgia de lo perfecto: una señal inquietante y el llamado austero a la Koinonía

Brujería y Koinonía en la selección argentina

Análisis del auge de la brujería en torno a la Selección Argentina y su contraposición la Koinonía cristiana, la fe y el sacrificio como camino de verdad.


En los últimos tiempos, Argentina ha visto acrecentarse un rumor que —antes tímido, hoy desvergonzado— se disfraza de anécdota y se presenta como explicación. No hablamos del mero asombro, ni de la superstición de temporada que suele arrastrar el fútbol como arrastra toda fiesta popular: hablamos de una presencia cada vez más evidente e inquietante de la brujería en el imaginario público, de la hechicería que pretende ocupar el lugar de la plegaria, de la “maldición” que se invoca como si fuera una tecnología del destino, y de la supuesta intervención espiritual —siempre “misteriosa”, siempre convenientemente insondable— que haría las veces de atajo para alcanzar lo que el sudor, la disciplina y el amor al deber tardan en conquistar.

Artículos aparecidos en el New York Times, Marca, The Buenos Aires Herald y otros más, retratan ese clima con nitidez. En ellos aparece la figura —convertida en noticia por la voracidad de lo viral— de quienes se arrogan potestades sobre partidos, resultados y nombres propios. Aparece también, con insistencia, la idea de que el éxito de la albiceleste tendría un reverso oscuro: que, a la par del talento, habría “energías”, “mal de ojo”, “rituales”, “ritmos” invisibles o mensajes de alcance supuestamente sobrenatural. Se sugiere que, mientras la pelota ruge y el estadio vibra, una capa paralela de ocultismo organiza su propio guion. Se cita el gesto de curación o protección, se menciona el “evil eye”, y se narra la intervención “espiritual” como si el mundo pudiera explicarse —y resolverse— por atajos de sombra.

Pero cuando una sociedad comienza a requerir que lo invisible sustituya a lo verdadero, se revela un síntoma moral. No se trata de censurar el folklore como quien tacha una palabra del diccionario: se trata de reconocer el modo en que el alma colectiva se extravía. Porque el deseo de un triunfo sin sacrificio no se limita a la tribuna ni a la hinchada; se filtra en el carácter, en el hábito, en la forma de entender el trabajo, el tiempo y la dignidad. Y así, la brujería —esa superstición con máscara de poder— se vuelve un lenguaje: expresa desesperación, confusión social, hambre de certeza inmediata, nostalgia de una felicidad perfecta que no cuesta.

El atajo como tentación: la falsa salvación del “éxito rápido”

La brujería ofrece siempre el mismo espejismo: que la fortuna se obtiene sin el arduo camino de la formación interior; que se puede torcer el destino sin pagar el precio de la virtud. Se promete, sin decirlo del todo, que la victoria puede “obtenerse” como quien compra un atajo, como quien suplanta el esfuerzo con una llave ajena. Esa lógica —aunque se vista de religión alternativa o de “poderes” difusos— es una profanación del tiempo humano. Y el tiempo, en la Fé Cristiana, no es enemigo: es escuela.

Cuando el rumor de hechicería crece, crece también lo que lo alimenta: una humanidad que quiere resultados sin proceso, que quiere gloria sin purificación, que quiere consistencia sin tributo. Es la tentación de convertir el fútbol —que ya de por sí es una escuela de disciplina, coordinación y carácter— en un teatro de magia y de mando invisible. Y esa inversión lesiona, en el fondo, la esencia del deporte: porque el fútbol no es un talismán; es una pedagogía corporal del alma. Allí donde el talento no se entrena, la magia no salva; allí donde el trabajo se desprecia, el “milagro” se vuelve excusa.

Por eso el fenómeno inquieta: no porque la creencia sea rara, sino porque se disloca del lugar que le corresponde. La brujería, cuando invade el espacio del sentido, se convierte en una forma de idolatría. No idolatra a Dios: idolatra el atajo, idolatra el control, idolatra la ilusión de que la realidad se doblega si se invoca con la fórmula justa.

La confusión que pide un amo invisible

Los artículos compartidos y demás encarnan un mecanismo repetido: primero se narran predicciones, luego se interpreta el mundo como si “algo” hubiera obrado; después se agregan “mensajes”, “rituales”, “protecciones” o “curaciones”; y finalmente se cierra el círculo: si gana el equipo, el ocultismo aparece como causa; si falla una profecía, el ocultismo responde con una narrativa paralela que lo salva de la prueba. Así opera el mito: no busca verificar; busca consolar y dominar la interpretación.

En ese sentido, la presencia del ocultismo en torno a Messi o a la selección argentina no es un asunto estrictamente futbolístico: es una señal cultural. La repetición de “mal de ojo”, curaciones y “aclaraciones” espirituales, con nombres propios y fechas, no está construyendo verdad: está construyendo una atmósfera. Y la atmósfera, cuando se prolonga, termina por educar la mirada de quienes la respiran.

No es casual que los relatos destaquen —con una insistencia calculada— el carácter “inexplicable” de la acción. Lo que no puede probarse se vuelve convincente por el efecto emocional. Y lo emocional, cuando domina sin freno, arrastra a la confusión: a la desesperación de quien necesita una explicación total, aun si es inverificable; a la ansiedad de quien no tolera el azar y lo convierte en hechicería. La brujería, entonces, funciona como anestesia y como amenaza: consuela cuando “ayuda” y aterriza cuando “castiga”.

La alternativa cristiana: el espíritu del sacrificio como vía de verdad

Contra esa ingeniería del atajo, el Cristianismo propone otra lógica: la del sacrificio como vía de verdad. No un sacrificio romántico ni teatral, sino el sacrificio real: el que purifica; el que educa; el que sostiene la virtud cuando la victoria todavía no llegó. Porque la FÉ no es una varita: es una disciplina del corazón.

En ese marco, el Cristianismo glorifica la sangre de los santos Mártires: quienes ofrendaron su vida no por una recompensa inmediata, sino por AMOR. No ofrecieron su existencia para torcer un resultado deportivo: ofrecieron su existencia por trascendencia. Su testimonio no pide que el mundo se explique con “energías”; pide que el alma se ordene en Dios. Y esa diferencia es decisiva: la brujería promete dominar el mundo; la FÉ compromete la vida.

Por eso, la respuesta cristiana a la idolatría ocultista no es la confusión por confusión, ni el rumor por rumor. Es la claridad de una virtud: el amor hecho sacrificio, la ESPERANZA hecha perseverancia, la CARIDAD hecha acción.

La “Scaloneta” como ejemplo de Koinonía y comunión en el amor

Al lado de esa oscuridad imaginada, aparece —como contrapunto— el ejemplo de una constelación moral encarnada en el modo de jugar y de conducir. Se puede amar o discutir tácticas; se puede celebrar o debatir decisiones; pero hay una dimensión que no es táctica: es espíritu. Y en el modo con que se ha construido la identidad de la albiceleste —humilde, colectiva, disciplinada, con una insistencia casi litúrgica en el vínculo— se advierte algo que resiste a la brujería como resistencia a la tentación del atajo.

La “Scaloneta”, más que un estilo, puede leerse como Koinonía: comunión en el amor. CARIDAD que se expresa como respeto por el compañero; sacrificio que se expresa como entrega por el equipo; compasión que se expresa como camaradería en los momentos de fragilidad; virtud que se expresa como paciencia táctica y coraje moral. Allí la nobleza de espíritu no es discurso: es hábito. Y el honor, lejos de ser exhibición, se vuelve perseverancia.

En ese horizonte, Messi y Scaloni —cada uno en su papel— aparecen como encarnación de la HUMILDAD y de la sencillez que no buscan dominar el mundo por artes ocultas, sino por trabajo, FÉ y disciplina. Su grandeza no necesita invocar la sombra para justificar el triunfo. Justifica el triunfo con la coherencia interior: con el amor al deber, con la vocación de servicio a los demás, con la aceptación del proceso, con la valentía de sostener la identidad aun cuando el camino duela.

Esa manera de entender el fútbol —como comunión— es el signo opuesto a la desesperación que alimenta la brujería. La brujería, en su fondo, pretende suplir; la FÉ, en su fondo, pretende formar.

La pureza del Río Luján y la Patria que no se compra con atajos

Argentina también necesita recordar su altísima vocación de pertenencia espiritual. La devoción a la Pura y Limpia Concepción vinculada al Río Luján, Primera Fundadora de la Villa y Patrona de La Argentina, no es un adorno: es una pedagogía. Enseña que la vida tiene fuente, que la ESPERANZA no es hechizo, que la Patria se funda en la confianza en Dios y en el trabajo por el Bien Común.

En tiempos de pobreza, dolor y corrupción —cuando el alma colectiva se vuelve vulnerable a la promesa de soluciones mágicas— la FÉ auténtica no anestesia: cura. No inventa atajos: ilumina el camino. Y cuando el deporte se vuelve espejo de la sociedad, la sociedad necesita espejos verdaderos. No quiere imágenes falsas que culpen “energías” o inventen maldiciones como coartada; necesita virtudes que conviertan la frustración en aprendizaje y la necesidad en perseverancia.

Deforestar la sombra: anatematizar la práctica basada en hechicería y satanismo

Por ello, es preciso desenmascarar, con firmeza moral y con elegancia cristiana, las prácticas basadas en hechicería o en satanismo —esas supuestas intervenciones que prometen “ayuda” al seleccionado albiceleste y que, en realidad, dañan la esencia del deporte—. No porque el fútbol sea un altar de mérito automático, sino porque la tentación de reemplazar la virtud por el ocultismo termina por corroer el espíritu deportivo y la educación del carácter.

Esa educación, si se vuelve torcida, deja herida la sociedad: promueve el pensamiento de que el mundo responde a fórmulas secretas; desacostumbra al sacrificio; fomenta la idolatría del resultado; instala la desesperanza como método. Donde esa mentalidad domina, la trascendencia se reemplaza por superstición y el honor se diluye en manipulación.

La respuesta, entonces, no es el miedo: es la verdad. No es la revancha: es la CARIDAD. No es el rumor: es el ejemplo. Y el ejemplo está a la vista cuando el equipo —en vez de atribuir la gloria a rituales— la atribuye a la disciplina, a la unión, a la paciencia y al compromiso por el bien.

Conclusión: el triunfo como fruto, no como truco

La presencia cada vez más visible de relatos sobre brujería, maldición o hechizos en torno a Messi y la selección argentina no prueba nada sobre un poder real capaz de dirigir el destino humano. Lo que sí prueba —y eso debe preocupar— es la fragilidad de un corazón que busca un triunfo rápido sin aceptar el proceso de la virtud.

Frente a esa confusión, el Cristianismo ofrece un camino severo y luminoso: el espíritu martirial, el sacrificio por amor a Dios, la comunión en CARIDAD, la compasión activa, la nobleza de espíritu y el honor sostenido en la HUMILDAD. Ahí se ubica la grandeza moral que la “Scaloneta” —con su Koinonía, con su comunión en el amor— puede recordar al pueblo argentino: que el corazón se entrena, que el talento se sirve, que la victoria se conquista con disciplina, y que la ESPERANZA no se invoca con sombra, sino que se vive con luz.

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