Una encuesta revela el grave impacto de la hiperconectividad en la concentración, los vínculos y la inclusión digital de los mayores en Argentina.
Estar conectados nos prometió el mundo, pero el precio a pagar se está cobrando en una moneda digital muy cara: nuestra capacidad de prestar atención, la calidad de nuestros afectos y la inclusión de los más grandes. Una reciente encuesta realizada a 2.650 personas en el país por la base de datos de Focus Market expone una realidad ineludible: la hiperconectividad es un problema de triple impacto que está reconfigurando nuestra sociedad.
1. La atención bajo asedio: la mente en fragmentos de 47 segundos
Desbloquear el celular se ha convertido en un acto reflejo que fractura nuestra capacidad cognitiva. Los datos científicos son contundentes respecto a cómo las pantallas han destruido el foco a lo largo de las últimas dos décadas:
- 2004: El tiempo promedio de concentración frente a una pantalla era de dos minutos y medio.
- 2012: El promedio cayó a 75 segundos.
- Actualidad: Sostenemos la atención apenas 47 segundos antes de distraernos.
El relevamiento local confirma esta tendencia: el 74% de los argentinos admite tener dificultades para mantener el foco en una sola tarea sin mirar el celular. De ellos, el 28% siente que le cuesta un poco, el 30% que le cuesta mucho, y un 16% afirma que le resulta directamente imposible. Solo un 26% declara no tener inconvenientes.
Esta fragmentación no es falta de voluntad; es un diseño industrializado. Las plataformas de video corto como TikTok, Instagram Reels y YouTube Shorts están programadas para maximizar la permanencia mediante estímulos veloces. El impacto laboral es masivo: la Asociación Americana de Psicología advierte que el cambio constante de tareas consume hasta el 40% del tiempo productivo. Además, tras una sola interrupción, el cerebro tarda en promedio 23 minutos y 15 segundos en recuperar la concentración plena.
2. ¿Conectados o más solos? La paradoja de los vínculos virtuales
La tecnología nos prometió acercarnos, pero el resultado actual es un empate incómodo. Al evaluar el impacto de las pantallas en las relaciones humanas, las respuestas muestran una profunda ambivalencia:
- 12% afirma que las pantallas mejoraron sus vínculos reales.
- 40% asegura que los han empeorado.
- 48% mantiene una postura neutral (ni una cosa ni la otra).
Si bien internet permite acortar distancias físicas y dar soporte ante problemas de movilidad o salud, la comunicación digital suele pecar de superficialidad emocional. La cantidad de interacciones aumenta, pero la calidad disminuye. Las pantallas se usan para llenar vacíos donde antes habitaba la presencialidad, olvidando que un «me gusta» no reemplaza un abrazo, ni un chat permanente con decenas de personas cura una soledad profunda.
3. El costo invisible: la exclusión digital de los adultos mayores
Quizás el rostro más dramático de esta aceleración tecnológica sea el de la vulnerabilidad ciudadana. 8 de cada 10 encuestados conocen o sospechan de un adulto mayor que quedó excluido de un beneficio por no poder usar plataformas digitales. Específicamente, el 55% lo vivió de cerca con un familiar o conocido que perdió el acceso a una jubilación, un turno médico, medicamentos o la gestión de su cuenta bancaria.
En Argentina, donde más del 15% de la población tiene 60 años o más (y en aumento), las estadísticas del INDEC (Dosier estadístico de personas mayores 2025) muestran una brecha engañosa. Aunque el 88% tiene celular y el 84,7% accede a internet, la apropiación real es baja: solo el 24,7% usa computadora y la enorme mayoría se limita exclusivamente a usar WhatsApp.
Brechas dentro de la brecha:
- Educación: El 94% de los adultos mayores con estudios universitarios usa internet, frente al 67% de aquellos que no terminaron el secundario.
- Ingresos: El acceso tecnológico es del 97% en el quintil más alto, pero cae al 80% en el más bajo.
- Barreras: Casi 39 de cada 100 personas mayores de 65 años que no usan internet declaran, lisa y llanamente, que no saben cómo hacerlo.
El problema radica en que el Estado y el sector privado migraron masivamente a entornos digitales (reemplazando humanos por chatbots y papeles por formularios online) sin contemplar la curva de aprendizaje de esta población. Esta desprotección no solo genera exclusión de derechos básicos, sino que los convierte en el blanco principal de estafas urgentes como el phishing y los fraudes telefónicos, donde suelen perder sus ahorros por falta de herramientas de detección.
Un único diagnóstico
El laberinto digital actual responde a una misma lógica: una transformación tecnológica que avanza a un ritmo que las personas no logran digerir de forma equitativa.
No se trata de demonizar las herramientas. De hecho, la evidencia internacional demuestra que cuando los adultos mayores logran dominar la tecnología, reportan menores niveles de soledad y mayor autonomía. El verdadero desafío actual no es la herramienta en sí, sino regular la velocidad de los cambios y decidir colectivamente a quiénes estamos dispuestos a dejar atrás en el camino.














































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