Una tendencia que revive los estándares más oscuros de los 90 y amenaza la salud física y mental de los jóvenes.
Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que creímos estar ganando una batalla cultural decisiva. El surgimiento y la consolidación de la body positive nos invitaron a abrazar una premisa tan simple como necesaria: la diversidad de cuerpos, tallas y colores es el reflejo natural de la vida misma. Sin embargo, el panorama de este 2026 nos devuelve una imagen distorsionada y preocupante. Con la misma rapidez con la que se imponen las tendencias efímeras, los estándares de belleza de la industria del entretenimiento parecen haber retrocedido tres décadas, reinstalando la delgadez extrema —aquella estética del «heroin chic» de los noventa— como el ideal hegemónico de éxito, salud y atractivo.
Las alarmas ya no provienen únicamente de las pasarelas, sino que resuenan con fuerza en las redes sociales y las alfombras rojas. Desde la homogeneidad física señalada en eventos como los Globos de Oro hasta la cobertura mediática sobre figuras como Demi Moore, Kelly Osbourne, Olivia Wilde, Ariana Grande o la reciente controversia en torno a Jenna Ortega, el patrón resulta indiscutible. El cuerpo femenino vuelve a ser moldeado bajo una presión desmedida, donde la estética de «piel y huesos» reaparece como la norma implícita a la cual aspirar.
Esta nostalgia retrograda no ocurre en un vacío. El auge y la democratización del uso de medicamentos para la diabetes agonistas del GLP-1 (como el Ozempic) con fines exclusivamente estéticos han acelerado este fenómeno. La proliferación de recetas y el uso de microdosis entre celebridades para perder rápidamente unos kilos —a menudo ignorando que estos fármacos requieren una indicación médica estricta— envían un mensaje distorsionado a la sociedad: la delgadez se puede (y se debe) conseguir a cualquier costo.
Las consecuencias psicológicas y sanitarias de este fenómeno son devastadoras. Como advierten diversos profesionales de la salud, la exposición reiterada a ideales corporales inalcanzables fomenta la insatisfacción física, la comparación constante y la internalización de patrones dañinos. El mayor riesgo recae sobre los adolescentes y las personas con vulnerabilidad psicológica, para quienes el deseo de encajar se traduce en conductas peligrosas: restricción alimentaria severa, ejercicio compulsivo y un incremento drástico en el riesgo de desarrollar Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA). En términos estrictamente biológicos, empujar al cuerpo a esos límites conlleva la pérdida de masa muscular, alteraciones hormonales, osteopenia y fallos cardiovasculares graves.
La gravedad de la situación queda expuesta cuando las propias celebridades se convierten en víctimas del engranaje que las produce. La decisión de Ariana Grande de alejarse de la vida pública y cancelar sus compromisos profesionales ante el escrutinio incesante sobre su figura evidencia que nadie sale ileso de este nivel de exposición. Del mismo modo, las declaraciones de Jenna Ortega sobre los hábitos nocivos aprendidos en su infancia —donde pasaba jornadas enteras sin comer ni beber agua para «no molestar» en los rodajes— muestran las costuras de una industria que históricamente ha naturalizado la privación.
Por fortuna, emergen focos de resistencia. Las reacciones de los fanáticos en defensa de artistas con un estilo de vida saludable y activo —como el caso de la cantante argentina Emilia Mernes— demuestran que gran parte de la audiencia ya no está dispuesta a validar cánones que enferman. La sociedad empieza a comprender que el problema no radica en la existencia de un tipo de cuerpo en particular, sino en pretender imponer un único modelo estético como el estándar universal de valor personal.
Desmontar esta tendencia exige abandonar la fiscalización sobre el cuerpo ajeno. Resulta urgente cultivar un espíritu crítico frente a lo que se consume en redes sociales y comprender que la salud no se mide en centímetros de cintura ni en balanzas. El bienestar integral, tanto físico como mental, debe primar por sobre cualquier exigencia estética impuesta por la industria del espectáculo.



































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