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Mundial 2026: cómo la política, el racismo y los conflictos globales marcaron el torneo

Mundial 2026 politizado

El Mundial 2026 expone fracturas globales: desde cruces por racismo en Europa hasta la polémica presión de Donald Trump a la FIFA.


El Mundial 2026 ya tiene un veredicto que excede por completo los resultados de la cancha: se ha consolidado como el más politizado de la historia. Lejos de ser una burbuja de neutralidad, la máxima competencia deportiva se convirtió en el escenario donde los gestos de los protagonistas, las declaraciones de los mandatarios y las tensiones internacionales expusieron el racismo, la intolerancia social y los conflictos bélicos que atraviesan a la sociedad global.

Escándalo por racismo en Europa

Una de las polémicas más encendidas nació tras las declaraciones del expresidente de España, Mariano Rajoy, quien afirmó que «la selección francesa tiene un altísimo nivel, eso sí, sin franceses». La respuesta de París no se hizo esperar; el canciller francés, Jean-Noël Barrot, calificó los dichos como «una estupidez, racismo o una combinación de ambas cosas», mientras que el actual presidente español, Pedro Sánchez, las condenó por «xenófobas».

Los datos desmienten la tesis de Rajoy, avalada por sectores de la derecha europea: de los 26 convocados por Didier Deschamps, solo tres nacieron fuera de Francia. Curiosamente, el fenómeno inverso ocurre en combinados como el de Curazao, compuesto íntegramente por futbolistas nacidos en los Países Bajos. El debate, por ende, dejó en evidencia un rechazo al color de piel antes que a la nacionalidad, desnudando las tensiones derivadas de las corrientes migratorias de las últimas décadas.

La onda expansiva del racismo cruzó el Atlántico. En Sudamérica, una senadora paraguaya lanzó comentarios discriminatorios contra Kylian Mbappé, mientras que en Argentina las redes sociales se inundaron de mensajes xenófobos promovidos por influencers libertarios. El conflicto diplomático escaló al punto de que la embajada de Francia en Buenos Aires declaró «persona non grata» a la vicegobernadora de Mendoza, Hebe Casado, luego de que tildara al seleccionado galo como «el equipo africano flojo de modales».

La presión de Trump a la FIFA y el destrato a Irán

La injerencia política en el torneo tuvo su epicentro en la Casa Blanca. En un hecho sin precedentes para la autonomía de la FIFA, el presidente estadounidense Donald Trump intervino personalmente ante Gianni Infantino para solicitar la revisión de la tarjeta roja impuesta al delantero Folarin Balogun. Tras el llamado, el organismo suspendió la sanción, permitiendo al goleador disputar los octavos de final contra Bélgica.

En paralelo, las políticas migratorias de la administración Trump afectaron directamente el color de las tribunas. La denegación masiva de visas por razones de «seguridad» impidió que los aficionados de Irán, Haití, Senegal y Costa de Marfil viajaran a apoyar a sus equipos. Ante el destrato, el continente africano llegó a evaluar un boicot, el cual se desactivó bajo la perspectiva de que Marruecos será uno de los coorganizadores de la cita mundialista en 2030.

La peor parte la sufrió la delegación de Irán. El gobierno anfitrión les prohibió hospedarse en su territorio entre partidos, obligándolos a concentrar y entrenar en Tijuana, México. A esto se sumó la quita de visas a miembros del cuerpo técnico y el pedido público de Trump para que Italia ocupara el lugar de los asiáticos. Desde Teherán calificaron la situación como una «mancha» para el torneo, aunque el propio régimen autoritario de los ayatolás aportó a la crisis interna al marginar de la selección a su estrella, Sardar Azmoun, por fotografiarse con el primer ministro de los Emiratos Árabes Unidos.

Fe, debate cultural y el «Jogo Bonito»

La religión también reclamó su espacio en el análisis deportivo tras la temprana eliminación de Brasil. El politólogo Elvin Calcaño instaló una polémica hipótesis que no tardó en viralizarse: el vertiginoso avance del evangelismo en el país sudamericano estaría modificando la identidad cultural de su fútbol.

Según este planteo, el reemplazo de la samba y los ritos afrobrasileños por las prácticas neopentecostales influye en la competitividad. La adopción de la «teología de la prosperidad» —donde el éxito material individual prima sobre el colectivo— y la convicción de que ganar o perder responde únicamente a la voluntad divina, restaría responsabilidad directa a los jugadores sobre los resultados. Aunque la teoría fue refutada por diversos analistas, el debate se instaló con fuerza en el seno de la afición brasileña.

Banderas y heridas abiertas

El conflicto de Medio Oriente y las memorias bélicas del Atlántico Sur completaron el mapa político del torneo. El director técnico de Egipto, Hossam Hassan, utilizó la plataforma mediática del Mundial para flamear una bandera de Palestina y lanzar un contundente mensaje: «Quien no siente amor por el pueblo palestino no es un ser humano».

Por su parte, el cruce entre Argentina e Inglaterra reavivó de forma inevitable el recuerdo de la Guerra de Malvinas, a 44 años del conflicto. Aunque Lionel Scaloni intentó enfriar los ánimos recordando que «era un partido de fútbol» y pidiendo no confundir el deporte con una guerra, el fervor patriótico local resignificó el encuentro.

Fueron los propios veteranos de Malvinas quienes aportaron la lectura más lúcida. A través de un comunicado de la Federación «2 de abril», señalaron que la semifinal constituía un evento deportivo y «no una revancha armada ni una compensación histórica», sintonizando con las históricas palabras de Diego Maradona tras el partido de 1986: «Yo jugué un partido de fútbol, ellos se jugaron la vida». Tras la victoria en la cancha, el orgullo quedó intacto, ratificando que para los argentinos, por razones que la razón no entiende, nunca será un partido más.

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