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El Mundial de la discordia: cuando el fútbol no alcanza para ocultar las balas

A menos de dos meses del inicio de la Copa del Mundo, el rol de Estados Unidos como principal anfitrión se ve envuelto en una red de conflictos internacionales. Desde el enfrentamiento directo con Irán hasta guerras comerciales con sus propios socios, el torneo de 48 equipos enfrentará un escenario de máxima presión externa.


Históricamente, la FIFA se ha llenado la boca con el eslogan de que el fútbol tiene el poder de unir al mundo. Sin embargo, a medida que nos acercamos al Mundial de 2026, esa premisa parece más una utopía publicitaria que una realidad tangible. Lo que debería ser una fiesta de integración en América del Norte se perfila, en cambio, como un campo de minas diplomático donde uno de sus anfitriones, Estados Unidos, llega con más enemigos que aliados en la lista de invitados.

Es imposible ignorar el elefante en la habitación: ¿cómo se juega un Mundial mientras se intercambian misiles? El caso de Irán es el ejemplo más extremo de esta contradicción. No estamos hablando de simples roces diplomáticos, sino de un conflicto bélico abierto con bombardeos y asesinatos de líderes de Estado. Que la selección iraní tenga que aterrizar en el país que la está atacando —bajo un «alto al fuego» que pende de un hilo— es una situación surrealista que pone en jaque la seguridad y la ética del torneo.

Pero la tensión no solo viene de Medio Oriente. El gobierno de Donald Trump ha logrado lo que parecía imposible: tensionar la cuerda con sus propios socios de organización. La guerra comercial contra México y Canadá, sumada a las amenazas de intervención militar en territorio mexicano, despoja al Mundial de su espíritu de «anfitriones unidos». No parece haber una mesa compartida, sino un gigante imponiendo condiciones a sus vecinos mediante aranceles y retórica fronteriza.

Incluso la relación con África está fracturada. Las acusaciones de «genocidio» lanzadas por Trump hacia Sudáfrica —el país que, irónicamente, abrirá el certamen contra México— demuestran una falta de tacto diplomático que trasciende lo deportivo.

Uno de los datos más alarmantes es que actualmente, cuatro de los países clasificados (Haití, Irán, Costa de Marfil y Senegal) figuran en una lista negra de viajes de Estados Unidos. ¿Qué clase de «Mundial para todos» es este si los hinchas, y quizás hasta los familiares de los jugadores, tienen prohibido el ingreso por decreto?

El fútbol es una herramienta poderosa, pero no es milagrosa. En 2026, el deporte más hermoso del mundo se verá forzado a convivir con muros, aranceles y conflictos armados. Si la FIFA y los organizadores no logran separar el odio político de la pelota, corremos el riesgo de que este Mundial sea recordado no por los goles de las 48 selecciones, sino por ser el escenario donde la diplomacia terminó de romperse.

En un mundo ideal, la pelota no se mancha; pero en el contexto actual, el barro de la política parece estar salpicándolo todo.