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Los tesoros ocultos de Palermo: de los imperios de la antigüedad al refugio romántico de Carlos Thays

En un radio de pocas cuadras, el barrio de Palermo resguarda reliquias que desafían el tiempo: una columna romana de 2.000 años, una imponente estructura persa y la casona que vio nacer el pulmón verde más emblemático de la ciudad. Un recorrido por la historia que sobrevive al ruido urbano.


Palermo es conocido por su ritmo incesante, sus bares y su modernidad. Sin embargo, en medio del cemento y el tránsito, se esconden tesoros que parecen sacados de un libro de historia universal. Tres rincones específicos del barrio ofrecen un viaje que va desde el esplendor del Imperio Romano y la majestuosidad persa hasta el romanticismo paisajista del siglo XIX.

En Plaza Italia, rodeada por el rugido de los colectivos, se erige silenciosa la columna romana. Se trata de un fragmento auténtico de mármol del Foro Romano, con una antigüedad que supera los dos milenios. Este objeto, el más antiguo preservado en el espacio público porteño, fue donado por el gobierno de Italia en 1955 como gesto de hermandad.

Aunque mide solo 1,9 metros de altura, su valor es incalculable: es una pieza original del centro político y religioso del mundo clásico. A pesar de estar a la vista de miles de peatones, pocos advierten que están frente a un testigo directo de la era de los emperadores.

A pocas cuadras, en la Plaza República Islámica de Irán, se alza un monumento que contrasta por su escala: una columna persa de 19 metros de altura. Esta imponente estructura es una réplica de las que sostenían el Palacio de Ciro II el Grande en Persépolis.

Su historia es una trama de diplomacia y tiempos cruzados. Fue donada en 1965 por el último Sha de Persia, Mohamed Reza Pahlevi, pero recién pudo inaugurarse en 1979, coincidiendo irónicamente con el fin de su reinado tras la Revolución Islámica. Un detalle fascinante: para su construcción se utilizó cemento mezclado con piedra molida traída directamente de las ruinas de Persépolis, lo que le otorga una conexión material única con el antiguo imperio aqueménida.

El recorrido culmina en la Casona del Jardín Botánico Carlos Thays, en la intersección de Santa Fe y República Árabe Siria. Construida en 1881 con un estilo inglés de torreones octogonales que la hacen parecer un pequeño castillo, este edificio fue mucho más que una sede administrativa.

Allí vivió el célebre paisajista francés Carlos Thays junto a su familia mientras diseñaba el jardín. Entre esas paredes se gestó el romance entre Buenos Aires y la naturaleza, integrando especies exóticas con estilos paisajísticos europeos. Tras haber funcionado incluso como Museo Histórico Nacional, la casona ha sido recientemente restaurada (2026) para recuperar su esplendor original y seguir siendo el corazón de este refugio de paz en medio de la ciudad.

Estos tres monumentos demuestran que Buenos Aires es una ciudad de capas. Desde la piedra milenaria de Roma hasta el sueño verde de Thays, Palermo invita a levantar la vista y descubrir que, a veces, la historia del mundo está esperándonos en la esquina más transitada.