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Rito de iniciación o abuso: el caso que expone una violencia naturalizada en el deporte juvenil

Una denuncia por abusos durante un rito de iniciación en un equipo de hockey en Mendoza sacó a la luz prácticas que muchas veces se ocultan bajo la excusa de la tradición.

El testimonio de la víctima y la imputación de varias jugadoras reabren un debate incómodo: la naturalización de la violencia, el silencio institucional y la falta de controles en ámbitos donde deberían primar el cuidado y la formación.


Qué pasó: reconstrucción del caso

El hecho ocurrió en 2023 en un club de hockey de Mendoza, durante un supuesto “rito de iniciación” para nuevas integrantes del equipo. La causa, que en un primer momento no avanzó, fue reactivada por la Justicia y derivó en la imputación de al menos diez jugadoras.

Según el testimonio de la víctima —menor de edad al momento de los hechos— fue obligada a participar en prácticas degradantes que incluyeron exposición corporal, situaciones de connotación sexual, coerción grupal y amenazas posteriores para garantizar el silencio.

Parte del grupo acusado niega los abusos y sostiene que se trató de “juegos de bienvenida”, una narrativa habitual en este tipo de episodios que pone en tensión dos miradas: la naturalización versus la denuncia.


Una práctica extendida: cuando la violencia se vuelve tradición

Los rituales de iniciación no son nuevos ni exclusivos del hockey. Existen en distintos ámbitos: deportes, universidades, fuerzas de seguridad y espacios cerrados donde la pertenencia se construye mediante pruebas.

Desde una mirada sociológica, estos rituales cumplen funciones específicas:
legitiman jerarquías internas, refuerzan la identidad del grupo y generan cohesión.

El problema aparece cuando el ingreso depende de la humillación o la violencia. En ese punto, lo simbólico se transforma en daño real.


Por qué siguen ocurriendo estos casos

Estos hechos no son excepcionales. Responden a dinámicas profundas:

La presión por pertenecer lleva a aceptar situaciones que en otro contexto serían inaceptables. La lógica grupal diluye responsabilidades individuales. La repetición histórica convierte el abuso en “costumbre”.

A esto se suma la ausencia de adultos responsables en momentos clave y la falta de protocolos claros dentro de las instituciones deportivas.

El resultado es un escenario donde la violencia puede escalar sin límites.


El silencio: la pieza clave

Uno de los elementos más determinantes es el silencio.

Las víctimas suelen tardar en hablar por vergüenza, miedo a represalias o temor a quedar excluidas del grupo. En muchos casos, además, existen mecanismos de presión posteriores como amenazas o exposición.

El entorno, por su parte, muchas veces minimiza lo ocurrido para proteger la reputación del club o evitar conflictos.

Así, el problema no solo es el hecho en sí, sino todo lo que lo rodea.


El rol de los padres y adultos responsables

Este tipo de situaciones también abre un interrogante sobre el rol de las familias.

El deporte suele ser visto como un espacio seguro, lo que genera una delegación casi total en entrenadores e instituciones. Pero esa confianza, sin seguimiento, puede transformarse en vulnerabilidad.

El desafío es construir un equilibrio: acompañar sin invadir, pero sin desentenderse.

Detectar cambios de conducta, generar espacios de diálogo y conocer las dinámicas del grupo son herramientas clave para prevenir.


El impacto psicológico: heridas que no se ven

Las consecuencias no terminan con el hecho.

El trauma puede manifestarse en ansiedad, culpa, pérdida de autoestima, trastornos de estrés y abandono de actividades que antes eran significativas.

Cuando la agresión proviene del propio grupo, el daño es aún mayor: se rompe la confianza y la idea de pertenencia.

La recuperación suele requerir acompañamiento profesional y tiempo.


Qué falta en materia de políticas públicas

En Argentina existen leyes que sancionan el abuso, pero no siempre hay mecanismos preventivos específicos en el deporte amateur.

Especialistas coinciden en la necesidad de avanzar en:
protocolos obligatorios de prevención, capacitación para entrenadores, canales de denuncia accesibles y auditorías institucionales.

En otros países, los clubes deben cumplir estándares estrictos de protección de menores, con controles periódicos y sanciones claras ante incumplimientos.


¿Crisis de valores o fallas del sistema?

Frente a estos hechos, surge una explicación frecuente: la idea de una crisis moral.

Sin embargo, reducir el problema a los valores individuales puede invisibilizar factores estructurales.

Estos casos suelen repetirse donde hay falta de վերահ regulación, culturas institucionales permisivas y ausencia de control.

Más que hechos aislados, responden a patrones que se repiten.


Una pregunta incómoda

Este caso no habla solo de un equipo de hockey.

Habla de cómo se construyen los vínculos, de qué se tolera para pertenecer y de los límites que la sociedad establece —o no— frente a la violencia.


La Justicia determinará responsabilidades.

Pero el desafío real es otro: evitar que esto vuelva a ocurrir.

Porque cuando la violencia se disfraza de tradición, el problema ya no es individual.

Es colectivo.