La OMM prevé un 90% de probabilidad de que este fenómeno climático extremo regrese con fuerza en el segundo semestre, amenazando la economía global.
El clima global entra en alerta máxima. La Organización Meteorológica Mundial (OMM) confirmó que existe un 90% de probabilidad de que el fenómeno de El Niño regrese en el segundo semestre de 2026. Los expertos advierten que su intensidad podría ser devastadora debido al cambio climático.
El Niño, que ocurre en ciclos de entre dos y siete años, se origina por el calentamiento de la superficie del mar en el Pacífico ecuatorial central y oriental. Esta alteración oceánica modifica los patrones de vientos, lluvias y temperaturas a escala global durante meses. Para anticipar su llegada, los científicos analizan de cerca las temperaturas del océano, los vientos y el índice de oscilación austral. Esta vez, las alarmas se encienden ante la posibilidad de un «Super El Niño».
Radiografía de un «Super El Niño»
El término «Super El Niño» no se utiliza a la ligera. Define a aquellos episodios extremos en los que la temperatura del mar supera los +2 °C por encima del promedio a largo plazo durante varios meses consecutivos. Desde mediados del siglo pasado, la humanidad solo ha enfrentado tres eventos de esta magnitud: 1982-1983, 1997-1998 y 2015-2016. Los antecedentes son trágicos: en los noventa provocó pérdidas económicas superiores a los USD 30.000 millones y cerca de 24.000 muertes, mientras que el de 2015 fijó récords históricos de calor e inundaciones generalizadas.
Actualmente, los modelos predictivos trazan un panorama complejo:
- La NOAA (Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica) estima un 62% de probabilidad de desarrollo entre junio y agosto, con potencial de intensificación hacia el final de la temporada de huracanes. Otorga además una chance de 1 en 3 de que se consolide un Niño fuerte entre octubre y diciembre.
- El ECMWF (Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Plazo Medio) advierte que la anomalía térmica en el Pacífico podría trepar hasta los 3,3 °C hacia septiembre. Asimismo, alerta que el sistema climático actual, saturado por gases de efecto invernadero, tendrá serias dificultades para disipar este calor extra, lo que amplificaría el impacto global.
- En AccuWeather su meteorólogo principal, Paul Pastelok, coincide en que existe la posibilidad de un fenómeno de moderado a fuerte para el otoño e invierno austral, otorgando un 15% de chances de que sea «intenso» de forma prematura.
A este escenario se suma el factor del cambio climático. Aunque la ciencia no ha determinado que el calentamiento global aumente la frecuencia de El Niño, la OMM resalta que ambos fenómenos se combinan y actúan como amplificadores mutuos, inyectando más energía a la atmósfera para generar olas de calor extremo, incendios forestales y lluvias torrenciales.
El mapa del impacto en Sudamérica
Las consecuencias de este fenómeno se sentirán de manera dispar. Mientras que en el Pacífico central y oriental aumentará la actividad de huracanes, en el Atlántico se reducirá.
En el territorio sudamericano, la OMM traza una división clara de riesgos:
- El Norte y Nordeste (incluyendo Centroamérica y el noreste de Brasil): quedarán expuestos a graves sequías y precipitaciones por debajo de lo normal.
- El Litoral de Perú y Ecuador: bajo la influencia del «Niño Costero», sufrirá un calentamiento del mar y lluvias intensas que golpearán con dureza la biodiversidad marina y a la industria pesquera.
- El Sudeste del continente: el sur de Brasil, Paraguay, Uruguay y el norte y noreste de Argentina enfrentarán un preocupante riesgo de tormentas severas, inundaciones y deslizamientos de tierra debido a lluvias muy por encima de lo habitual.
¿Qué esperar en la región agrícola argentina?
Para el sector agropecuario argentino, motor de la economía nacional, la consolidación de un «Super El Niño» representa un escenario de luces y sombras. Si el fenómeno se asienta durante el invierno, la primavera y el verano austral registrarán un incremento sustancial de las precipitaciones en la Cuenca del Plata y en las regiones agropecuarias del centro-este y noreste del país.
Las zonas bajo estricta vigilancia climática son Santa Fe, Entre Ríos, Córdoba, el norte de Buenos Aires, la Mesopotamia y la región chaqueña.
Por un lado, el aporte hídrico será una oportunidad clave para aquellos suelos que arrastran un severo déficit de humedad tras varios ciclos irregulares, permitiendo recuperar los perfiles de la tierra y optimizar las perspectivas de siembra. Por el otro, la cara negativa del fenómeno enciende alarmas por posibles anegamientos de campos rurales, complicaciones logísticas en las rutas y retrasos severos en la cosecha gruesa.
La cautela de los analistas locales
A pesar del pesimismo internacional, los organismos locales piden prudencia. Un informe especial de la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR) aportó matices clave: si bien confirman la tendencia de El Niño para la segunda mitad de 2026, señalan que todavía es imposible determinar su intensidad exacta.
Según la BCR, el escenario más probable para los meses de invierno en Argentina es que las lluvias se mantengan dentro de los parámetros normales, sin señales inminentes de excesos hídricos generalizados. Además, explican que el comportamiento actual del océano Atlántico podría actuar como un «freno», limitando el ingreso de humedad extra hacia el interior del continente argentino.
Frente a la incertidumbre y la irregularidad que caracteriza a estos eventos, la secretaria general de la OMM, Celeste Saulo, recordó que los servicios meteorológicos nacionales son las «voces autorizadas» para dictar las pautas locales. El monitoreo en tiempo real, el acceso a datos científicos fiables y la capacidad de los productores para adaptar sus estrategias serán las herramientas indispensables para mitigar los desastres y, en la medida de lo posible, aprovechar los beneficios de este gigante climático que acecha al 2026.














































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