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El ocaso de Román

El ocaso de Román

El ocaso de Román: una reflexión sobre la gestión de Riquelme, la crisis institucional de Boca y los límites del liderazgo idolatrado.


Hay tragedias que no comienzan con una derrota. Comienzan con una ovación.

La historia de Boca siempre fue la historia de los hombres que entendieron que el club estaba por encima de ellos mismos. Esa fue la ley sagrada de la Ribera. Antes que los presidentes, antes que los técnicos, antes que los ídolos, existía Boca. Existía la camiseta. Existía esa multitud amarilla y azul que convierte una cancha en una religión popular y un partido de fútbol en una ceremonia civil argentina.

Pero toda religión corre el riesgo de producir sus propios ídolos de barro.

Cuando Juan Román Riquelme regresó a la política de Boca junto a Jorge Amor Ameal en 2019, millones de hinchas creyeron asistir al retorno del hijo pródigo. No volvía solamente el futbolista más influyente de la historia moderna del club. Volvía el último gran conductor de una era de gloria internacional. Volvía el hombre que había humillado al Real Madrid, conquistado América y transformado la Bombonera en una catedral de su talento.

Sin embargo, gobernar un club no es jugar al fútbol.

Los años fueron pasando. Los entrenadores comenzaron a desfilar como sombras por Brandsen 805. Miguel Russo. Sebastián Battaglia. Hugo Ibarra. Jorge Almirón. Diego Martínez. Fernando Gago. Nombres distintos, resultados parecidos. La sensación de proyecto nunca terminó de aparecer. Cada crisis parecía resolverse con otra apuesta improvisada. Cada eliminación abría una nueva promesa. Cada promesa desembocaba en otra decepción.

Boca siguió ganando algunos títulos locales. Sería injusto negarlo. Pero la vara de Boca jamás estuvo en un torneo doméstico. Boca fue construido para disputar la eternidad futbolística. Su obsesión histórica tiene nombre propio: Copa Libertadores. Y en el territorio donde se miden los gigantes, la gestión de Riquelme acumula frustraciones, finales perdidas, eliminaciones dolorosas y una sensación persistente de estancamiento.

Lo más preocupante ni siquiera es la sequía deportiva.

Lo verdaderamente inquietante es el fenómeno cultural que fue creciendo alrededor de Román.

El dirigente comenzó a confundirse con el símbolo. El símbolo comenzó a confundirse con la institución. Y una parte del ecosistema mediático, político y futbolero empezó a construir una narrativa donde toda crítica equivalía a una traición. Como si cuestionar decisiones administrativas fuera equivalente a insultar los recuerdos más felices de la historia xeneize.

Allí aparece Wagner.

En «El ocaso de los dioses», los héroes terminan prisioneros de la misma grandeza que alguna vez los elevó. El poder deja de ser una herramienta para convertirse en un espejo. Los personajes ya no defienden un reino: defienden su propia imagen reflejada en el reino. La tragedia comienza cuando el hombre deja de servir a la corona y pretende que la corona exista para servirlo.

Algo de esa lógica parece haberse instalado en Boca.

La discusión dejó de ser el funcionamiento del club para transformarse en un plebiscito permanente sobre Riquelme. Ya no se debate si una contratación fue acertada o equivocada. Se debate si uno está con Román o contra Román. Ya no se analizan resultados. Se analizan lealtades.

Y cuando una institución cae en semejante dinámica, el deterioro se vuelve inevitable.

Porque Boca no puede funcionar bajo categorías emocionales de amistad, enemistad o pertenencia barrial. Boca es una organización gigantesca, una de las marcas deportivas más importantes del continente, una institución que exige planificación, profesionalismo, experiencia ejecutiva y estructuras modernas de gestión.

La mística gana partidos. La administración construye décadas.

En demasiados momentos, la conducción pareció confiar más en la intuición que en la estructura. Más en el círculo íntimo que en la excelencia profesional. Más en la épica que en el método.

Los resultados están a la vista.

Un equipo sin identidad estable. Mercados de pases discutidos. Futbolistas veteranos incorporados con enorme expectativa y rendimiento irregular. Conflictos recurrentes. Climas internos opacos. Una relación cada vez más tensa entre sectores de la dirigencia, periodistas, ex jugadores e hinchas.

La grieta nacional encontró su réplica en la Bombonera.

Como sucede en la política argentina, el adversario dejó de ser alguien que piensa distinto para convertirse en un enemigo moral. El resultado fue una fragmentación sentimental del pueblo bostero. Familias discutiendo por dirigentes. Tribunas divididas. Socios enfrentados. Una energía que antes se dirigía al rival ahora se consume en peleas internas.

Y toda guerra civil termina debilitando al reino.

Boca parece vivir hoy dentro de una contradicción feroz. Nunca tuvo un ídolo tan amado conduciendo el club. Y, al mismo tiempo, hace años que no logra construir una unanimidad deportiva genuina.

Por eso la referencia wagneriana resulta tan poderosa.

El ocaso de los dioses no narra solamente una caída. Narra la destrucción de una ilusión.

La ilusión de que un hombre puede reemplazar a una institución.

La ilusión de que el carisma sustituye a la organización.

La ilusión de que la fe basta cuando faltan resultados.

Ningún ídolo merece ser destruido. Pero ningún ídolo debe quedar por encima del club que lo convirtió en leyenda.

Riquelme fue uno de los futbolistas más extraordinarios que pisaron una cancha argentina. Nada podrá modificar eso. Ninguna mala gestión administrativa borrará los caños, los goles, las noches de Copa, los silencios arrogantes frente al mundo entero.

Pero precisamente por la magnitud de su figura, la exigencia debe ser mayor.

Porque Boca no necesita dioses.

Necesita dirigentes.

Y quizás la tragedia final de esta historia consista en descubrir que el hombre que mejor representó el alma futbolística del club jamás logró comprender la dimensión institucional del trono que decidió ocupar.

Cuando cae el telón en Wagner, las llamas consumen el viejo orden. No queda la gloria. No queda el poder. No queda la idolatría.

Sólo queda la verdad.

Y la verdad, en Boca, siempre termina apareciendo los domingos.

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