La privatización del fútbol enfrenta el legado de Jules Rimet y reabre el debate sobre el dinero, la FIFA y el verdadero espíritu del Mundial.
El combate por el alma de la pelota no se dirime en los escritorios de Zurich ni en los parqués de Wall Street, sino en esa dimensión invisible donde el aliento de los pueblos se confunde con lo sagrado.
El fútbol, aquella invención maravillosa que las barriadas argentinas supieron cristianizar con el óleo del potrero y el fervor del tablón, asiste hoy a su hora más oscura, una encrucijada apocalíptica donde se baten dos espíritus irreconciliables, dos banderas alzadas en el campo del discernimiento humano, tal como el gran capitán de la contrarreforma, San Ignacio de Loyola, legó en la inmortal arquitectura de sus Ejercicios Espirituales.
Por un lado, bajo la enseña de la soberbia y el becerro de oro, se yergue la tríada materialista de la modernidad tardía: la codicia tecnocrática de Gianni Infantino, amparada por las sombras corporativas de Jared Kushner y Donald Trump, quienes a través de fondos opacos como Thrive Capital y la ingeniería financiera de JP Morgan, pretenden cercenar la gratuidad de la épica popular mediante la creación de la espuria FIFA Forward Enterprise. Pretenden vender el veinte por ciento de los activos comerciales de la Copa del Mundo bajo la falaz premisa de una inyección de cuatro mil doscientos millones de dólares, ofreciendo a las doscientas once federaciones prebendas de veinte millones de dólares a inicios de dos mil veintisiete como si el misterio de la pasión pudiera tasarse en las bolsas de comercio; una afrenta total que el diario The Times desnudó y que diarios nacionales como Página 12 y Ámbito Financiero registraron como la claudicación definitiva ante el dios Dinero, provocando la unánime indignación de la UEFA y las cincuenta y cinco federaciones europeas que, según reportó la agencia Sky News y la cadena CBC, amenazan con un boicot total y definitivo, retirando sus selecciones del certamen máximo porque el fútbol no es propiedad de una corporación para ser subastado al mejor postor.
En las antípodas de este laberinto de falso bienestar y palabras insípidas, resplandece la bandera de la trascendencia, la espada del espíritu que empuñó con elegancia aristocrática y piedad monacal el venerable Jules Rimet, aquel místico francés nacido en mil ochocientos setenta y tres que, ungido por la lectura providencial de la encíclica Rerum Novarum del Papa León XIII, comprendió que la dignidad del trabajador y el esparcimiento del alma popular constituían un deber de justicia social.
Rimet, quien gobernó la FIFA con mano de seda y convicción de hierro entre mil novecientos veintiuno y mil novecientos cincuenta y cuatro, no buscaba clientes ni consumidores en los albores del Mundial de Uruguay en 1930; buscaba, como bien documentó la agencia católica ACI Prensa y portales como Aleteia, tender puentes de concordia sobre las cenizas humeantes de la Primera Guerra Mundial donde derramó su propia sangre.
El fútbol era para Rimet un vehículo de la Providencia, una liturgia laica donde las clases obreras congregadas en su amado club Red Star de París se elevaban sobre la miseria material mediante la nobleza del juego y la emulación pacífica de las naciones, pues el profesionalismo bien entendido no era para él una autopista hacia el enriquecimiento obsceno sino un salario justo para que el humilde no fuera excluido del banquete del talento.
Qué lejos resuenan hoy aquellas palabras conceptuales suyas que los registros de la historia guardan con celo, cuando afirmaba ante los delegados internacionales que el fútbol debía ser el vehículo para la construcción de una comunidad internacional basada en el respeto mutuo, donde los pueblos del mundo aprenderían a conocerse, a estimarse y a cooperar en un espíritu de pacífica emulación, contribuyendo a la gran obra del reinado de Jesucristo.
Esa misma FÉ inquebrantable en la trascendencia del hombre dictó su discurso final de despedida en el Congreso de Suiza de 1954, un testamento espiritual donde un anciano Rimet de ochenta años, de pie ante la asamblea, exclamó con voz trémula pero firme que dejaba la Federación con la tranquilidad de haber cumplido un deber dictado por la FÉ en los hombres, suplicando a las generaciones venideras que resguardaran el espíritu amateur de la camaradería y que no permitieran que la CODICIA alterara el alma del torneo, sentenciando con lucidez profética que el día en que el DINERO fuera el único fin de la Copa del Mundo, el fútbol habría perdido su derecho a existir.
Rimet fue nominado al Premio Nobel de la Paz en 1956 por esta gesta humanista, el mismo año en que entregó su alma al Creador, dejando un legado que hoy es ultrajado por la voracidad de quienes buscan ahogar el espíritu humano en el fango del utilitarismo.
Para resistir este asedio diabólico, la FIFA no necesita más asesores de inversión ni algoritmos de rendimiento, sino recuperar con urgencia teológica su espíritu cristiano, católico, apostólico y romano, volviendo a mirar la pelota no como una mercancía divisible en acciones, sino como un don de Dios para la comunión de los pueblos.
El discernimiento ignaciano nos urge a rechazar las tentaciones de la riqueza mundana y los honores efímeros que ofrece la FIFA de Infantino a través de comunicados defensivos donde la señal de la cadena ESPN pretende maquillar la venta diciendo que nadie está privatizando el fútbol, sino meramente tercerizando una filial comercial menor.
Frente a esa mentira refinada, el hincha argentino, que sabe rezar en las tribunas y que entiende el fútbol como una escuela de lealtades, sacrificios y místicas compartidas, debe levantar la bandera del espíritu tradicional, superior y bello de Jules Rimet, cuyo propio nieto Yves Rimet denunció con amargura que su abuelo contemplaría con profunda decepción este negocio absoluto; es hora de rescatar el fuego sagrado de la gratuidad, de recordar que la belleza del juego pertenece a la gratuidad de la Creación y que ninguna corporación tiene el derecho canónico ni moral de enajenar la alegría de los pueblos para saciar la sed insaciable de los mercaderes del templo.















































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