Advertisement

A 25 años del 11-S: el espejismo de una superpotencia

25 años del 11-S

A 25 años del 11-S, Estados Unidos enfrenta el costo de una guerra contra el terrorismo que erosionó su liderazgo, democracia y cohesión interna.


A veinticinco años del atentado que redefinió el siglo XXI, el balance para Estados Unidos resulta profundamente paradójico. La mayor potencia económica y militar del planeta dedicó más de dos décadas a librar una «guerra global contra el terrorismo» contra un enemigo asimétrico que jamás tuvo la capacidad real de disputarle la hegemonía global. Sin embargo, al mirar el tablero en retrospectiva, la paradoja se vuelve trágica: Washington logró contener el terrorismo en su propio suelo, pero perdió tanto la estabilidad internacional como su cohesión interna.

El gran error estratégico posterior al 11 de septiembre de 2001 no fue defenderse, sino la desmesura hybris que transformó una operación legítima contra Al-Qaeda en un proyecto mesiánico de intervención global. La invasión de Irak en 2003, bajo pretextos falsos, desarticuló el frágil equilibrio de Medio Oriente, empoderó a rivales regionales como Irán y empantanó a las tropas estadounidenses en guerras interminables. Mientras la superpotencia gastaba trillones de dólares intentando construir Estados fallidos en Afganistán e Irak, el verdadero escenario del siglo XXI se transformaba sin su plena atención. China aceleró su penetración económica —especialmente en regiones desatendidas como América Latina— y Rusia reconfiguró su agresividad geopolítica.

No obstante, el daño más profundo no ocurrió en los desiertos afganos, sino dentro de las fronteras de la propia potencia. La respuesta política al ataque convirtió la paranoia institucional en una constante. Mutiló libertades civiles a través de leyes de vigilancia masiva, manchó su autoridad moral con símbolos de abuso como Guantánamo y Abu Ghraib, y sentó las bases para una erosión inédita del sistema democrático.

El discurso de «o están con nosotros o con los terroristas» migró gradualmente de la política exterior a la política doméstica. La disidencia pasó a ser catalogada como traición, el escepticismo sobre las instituciones creció ante las mentiras bélicas y la desilusión alimentó el auge de corrientes populistas y teorías conspirativas. La unidad casi absoluta observada a finales de 2001 derivó, veinticinco años después, en una polarización tóxica y en mínimos históricos de confianza ciudadana en el gobierno.

Al final, la tragedia del 11-S no fue solo la vulnerabilidad que expuso aquel trágico martes de septiembre, sino cómo la superpotencia eligió reaccionar. Estados Unidos probó ser imbatible en el campo de batalla convencional, pero demostró una incapacidad rotunda para «ganar la paz». Atrapado en su propio trauma y en sus fisuras internas, hoy se enfrenta a un orden multipolar fragmentado con herramientas que pertenecen a una era que dejó de existir.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *