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El caso Cerimedo y las sombras de la nueva política digital

El caso Cerimedo y la política digital

Exclusivo para www.quieroamipais.org. El caso Cerimedo reabre el debate sobre bots, desinformación y algoritmos que manipulan la conversación pública y desafían a la democracia.


La detención en Bolivia de Fernando Cerimedo, consultor político argentino vinculado en el pasado a la campaña de Javier Milei, abrió un debate que excede ampliamente su situación judicial: el poder de los operadores digitales, las campañas de desinformación y los límites que deberían existir cuando la tecnología comienza a ocupar un lugar central en la disputa política.

Uno de los aspectos más preocupantes es el uso de herramientas digitales capaces de amplificar artificialmente determinados mensajes. Durante los allanamientos realizados en Bolivia se informó el hallazgo de una pequeña infraestructura asociada al funcionamiento de bots, mientras distintas investigaciones periodísticas han señalado el papel que tuvieron las campañas negativas y las redes automatizadas en el ecosistema comunicacional relacionado con Cerimedo.

Aquí aparece una cuestión que debería preocupar a todas las democracias, independientemente de la ideología: una cosa es utilizar las redes sociales para disputar ideas y otra muy diferente es manipular artificialmente la conversación pública.

La política siempre utilizó propaganda, publicidad y estrategias de comunicación. Lo novedoso es la posibilidad de construir, mediante algoritmos, cuentas automatizadas y segmentación de audiencias, una apariencia de consenso que puede no existir en la realidad. Cuando miles de cuentas repiten simultáneamente un mensaje, atacan a un adversario o convierten una determinada consigna en tendencia, el ciudadano puede creer que está frente a una opinión mayoritaria cuando en realidad está frente a una operación organizada.

La investigación judicial deberá determinar qué ocurrió realmente en Bolivia y cuáles son las responsabilidades individuales. Mientras tanto, la política debería sacar una conclusión mucho más amplia: ninguna ideología debería necesitar ejércitos de bots para defenderse y ninguna democracia debería permitir que algoritmos clandestinos reemplacen el debate ciudadano.

El futuro de la política será inevitablemente digital. El desafío no consiste en regresar al pasado, sino en conseguir que esa nueva política sea más transparente, más democrática y, sobre todo, más humana.

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