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Historias que inspiran: cinco emprendedores argentinos que transforman vidas

emprendedores argentinos que transforman vidas

Cinco emprendedores argentinos que con tecnología, innovación e impacto social crearon soluciones capaces de transformar vidas.


En un país acostumbrado a convivir con las dificultades, también existe otra Argentina: la de quienes, frente a un problema, deciden no quedarse solamente con la queja y buscan una solución. Son emprendedores que encontraron en la tecnología, la innovación, el trabajo y la creatividad herramientas para transformar realidades.

Sus proyectos tienen algo en común: nacieron de una necesidad concreta y fueron creciendo hasta convertirse en iniciativas capaces de generar impacto en otras personas. No se trata solamente de crear una empresa o conseguir rentabilidad. Se trata de construir soluciones que puedan sostenerse en el tiempo y, al mismo tiempo, mejorar la vida de quienes las necesitan.

En los últimos años, este modelo de emprendimiento de impacto ganó fuerza en la Argentina. En 2026, el país alcanzó las 292 Empresas B certificadas, pertenecientes a 30 sectores y con más de 45.500 puestos de trabajo. El dato muestra que cada vez son más las compañías que incorporan objetivos sociales y ambientales dentro de su modelo de negocios.

Detrás de las estadísticas, sin embargo, existen historias personales. Estas son cinco de ellas.

Gino Tubaro: cuando la tecnología devuelve autonomía

La historia de Gino Tubaro comenzó con una impresora 3D y una pregunta aparentemente sencilla: ¿cómo utilizar la tecnología para ayudar a alguien que necesita una prótesis?

El proyecto adquirió una dimensión diferente cuando una madre se acercó para pedirle ayuda para su hijo Felipe Miranda, quien había nacido sin una mano. Tubaro diseñó e imprimió una prótesis y decidió entregársela gratuitamente.

Aquella experiencia fue el punto de partida de Atomic Lab, una iniciativa dedicada a desarrollar prótesis y otras soluciones mediante tecnologías de fabricación digital.

La propuesta permitió acercar dispositivos que pueden resultar muy costosos a personas que, de otro modo, tendrían dificultades para acceder a ellos. El proyecto también llevó la idea de las prótesis personalizadas a distintos países y convirtió a Tubaro en uno de los referentes argentinos de la innovación con impacto social.

Su historia plantea una idea poderosa: la tecnología no tiene por qué ser solamente una herramienta para aumentar la productividad o generar nuevos negocios. También puede servir para devolver autonomía.

Mateo Salvatto: una aplicación para comunicarse

Mateo Salvatto también encontró en la tecnología una respuesta a un problema cotidiano. Desde muy joven se interesó por desarrollar herramientas que permitieran derribar barreras de comunicación.

De allí nació Háblalo, una aplicación diseñada para ayudar a personas con dificultades para comunicarse, entre ellas personas sordas o con problemas del habla.

El proyecto posteriormente se integró a Asteroid, la empresa creada por Salvatto para desarrollar soluciones tecnológicas con impacto.

La clave de Háblalo está en una idea simple pero profunda: una herramienta digital puede convertirse en un puente cuando una persona encuentra dificultades para comunicarse con otra.

La historia de Salvatto también rompe con otro prejuicio: el de que para emprender hace falta esperar a tener décadas de experiencia. Su trayectoria demuestra que la juventud también puede ser un punto de partida para desarrollar soluciones innovadoras.

En su caso, emprender significó preguntarse cómo hacer que la tecnología fuera más accesible y útil para personas que habitualmente quedan fuera de muchas soluciones digitales.

Guillermo Pepe: tecnología para detectar a tiempo

El tercer caso lleva la innovación al terreno de la salud.

Guillermo Pepe creó Mamotest con un objetivo concreto: facilitar el acceso a estudios de diagnóstico mamario de calidad, especialmente para mujeres que viven lejos de los grandes centros urbanos o tienen dificultades para acceder a especialistas.

La idea surgió a partir de una conversación familiar. Su padre, médico especializado en diagnóstico mamario, le permitió comprender las dificultades existentes para garantizar el acceso a estudios adecuados en distintas zonas del país.

Pepe encontró en la tecnología una posible respuesta. Mamotest desarrolló una red de diagnóstico basada en telemamografía, conectando centros de atención con profesionales especializados.

La empresa informa actualmente más de 750.000 pacientes y una red integrada por más de 3.500 profesionales de la salud.

El caso muestra cómo una empresa puede intervenir sobre una desigualdad concreta: la distancia entre quienes tienen acceso rápido a servicios médicos especializados y quienes deben recorrer grandes distancias para conseguirlos.

En este modelo, el emprendimiento deja de ser únicamente una cuestión de mercado. La innovación adquiere una dimensión sanitaria: acercar el diagnóstico puede significar detectar una enfermedad antes y mejorar las posibilidades de tratamiento.

Gabriel Marcolongo: transformar la inclusión laboral en una oportunidad

Para Gabriel Marcolongo, el problema estaba relacionado con una de las dimensiones más importantes de la inclusión: el trabajo.

Su experiencia familiar fue determinante. Su padre, pese a contar con formación universitaria y de posgrado, atravesó un prolongado período de desempleo. Aquella situación llevó a Marcolongo a comprender las dificultades que pueden encontrar las personas con discapacidad para acceder al mercado laboral.

En 2013 creó Incluyeme.com, una empresa social orientada a promover la inclusión laboral de personas con discapacidad.

El proyecto trabaja tanto con quienes buscan empleo como con empresas interesadas en desarrollar políticas de inclusión. De esta manera, intenta intervenir sobre ambos lados del problema: ayudar a las personas a encontrar oportunidades y, al mismo tiempo, acompañar a las organizaciones en la construcción de espacios laborales más inclusivos.

La propuesta parte de una premisa fundamental: la inclusión no debería reducirse a una acción asistencial. Tener un empleo significa también independencia, desarrollo profesional, ingresos, reconocimiento y pertenencia social.

La historia de Marcolongo muestra cómo una experiencia de exclusión puede transformarse en el origen de una herramienta para generar oportunidades para miles de personas.

Alejandro Malgor y Xinca: segundas oportunidades para los materiales y las personas

La última historia combina dos problemas que, a primera vista, parecen no tener relación: los residuos y la exclusión social.

Alejandro Malgor, junto con Nazareno El Hom y Ezequiel Gatti, creó Xinca, una empresa mendocina dedicada a fabricar calzado a partir de materiales reciclados.

Uno de los elementos utilizados en la producción son los neumáticos descartados, transformados en materia prima para las suelas. También se incorporaron residuos textiles al proceso.

Pero el proyecto no se quedó en la economía circular. Xinca incorporó además una dimensión de inclusión social mediante la generación de oportunidades de capacitación y trabajo para personas en situación de vulnerabilidad, entre ellas personas privadas de su libertad.

La propuesta convierte un residuo en un producto y, al mismo tiempo, busca convertir una situación de exclusión en una oportunidad laboral.

En sus primeros años, la empresa llegó a reciclar miles de kilos de neumáticos y residuos textiles. Malgor, además, fue reconocido internacionalmente como Young Global Leader por el Foro Económico Mundial.

La pregunta detrás de Xinca es tan sencilla como revolucionaria: ¿qué ocurre cuando aquello que la sociedad considera descartable puede tener una segunda vida?

Cinco historias, una misma idea

Gino Tubaro, Mateo Salvatto, Guillermo Pepe, Gabriel Marcolongo y Alejandro Malgor trabajan en áreas diferentes. Uno desarrolla prótesis, otro crea herramientas de comunicación, otro busca acercar diagnósticos médicos, otro trabaja para abrir puertas en el mercado laboral y el último transforma residuos en productos.

Sin embargo, sus historias tienen un denominador común: todos comenzaron observando un problema y decidieron convertirlo en una oportunidad para crear una solución.

Esa lógica ayuda a comprender el crecimiento del emprendimiento de impacto en la Argentina. La rentabilidad continúa siendo necesaria para que un proyecto pueda sostenerse, pero ya no constituye necesariamente el único indicador de éxito.

Una empresa también puede medirse por las personas que ayuda, los puestos de trabajo que genera, los residuos que evita, las oportunidades que crea o las barreras que consigue derribar.

El crecimiento de las Empresas B en el país es una señal de esa transformación. En 2026, Argentina superó las 290 compañías certificadas bajo este modelo, que evalúa el impacto de las organizaciones sobre trabajadores, comunidades, clientes, proveedores y ambiente.

Pero detrás de cada estadística hay una historia.

Y las historias de estos cinco emprendedores recuerdan que innovar no siempre significa inventar algo completamente nuevo. A veces significa mirar un problema conocido desde otra perspectiva y animarse a preguntar qué podría hacerse diferente.

En una Argentina que muchas veces aparece retratada únicamente desde sus dificultades, estas experiencias ofrecen otra mirada: la de quienes convierten problemas en proyectos, tecnología en inclusión, residuos en recursos y necesidades en oportunidades.

Porque emprender también puede ser una manera de transformar vidas.

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