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La experiencia también cotiza: por qué las empresas deberían mirar más allá de la edad

experiencia laboral después de los 40 años

Las empresas empiezan a valorar la experiencia laboral después de los 40 años como una ventaja competitiva frente al desafío de sumar talento.

Por Agustín Dell Oro | Exclusivo para www.quieroamipais.org


Durante años, el mercado laboral argentino pareció instalar una idea difícil de discutir: para determinados puestos, especialmente los de menor calificación, había que contratar jóvenes. Energía, adaptación, tecnología y menores pretensiones salariales aparecían como las principales ventajas. Pero el mercado está empezando a demostrar que existe otra variable que muchas empresas subestiman: la experiencia.

El caso de un empresario gastronómico que decidió priorizar trabajadores mayores de 40 años después de una mala experiencia con un empleado joven puede parecer anecdótico. Sin embargo, detrás de esa decisión aparece un debate mucho más profundo: ¿estamos aprovechando correctamente el enorme capital humano de las personas que tienen 40, 50, 60 años o más?

La respuesta debería ser contundente: sí.

Una persona con décadas de experiencia laboral puede aportar algo que no se aprende en un tutorial ni en un curso acelerado: conocimiento de situaciones reales, capacidad para resolver conflictos, comprensión de los clientes, responsabilidad, manejo de la presión y criterio para tomar decisiones.

Esto no significa afirmar que los jóvenes sean menos comprometidos. Sería injusto y simplista. Las nuevas generaciones aportan tecnología, creatividad, velocidad de aprendizaje y nuevas formas de entender el trabajo. El problema aparece cuando una empresa transforma la edad en un filtro automático y descarta talento antes siquiera de conocerlo.

En realidad, la discusión no debería ser jóvenes versus mayores, sino experiencia más innovación.

Una empresa que combina ambas generaciones puede obtener una ventaja competitiva enorme. Un trabajador experimentado puede transmitir conocimientos, formar equipos y aportar visión comercial, mientras que un empleado joven puede incorporar nuevas herramientas digitales, metodologías y tendencias de consumo. Esa combinación puede ser mucho más poderosa que cualquiera de los dos perfiles por separado.

Además, existe un aspecto económico que merece atención. Cuando una persona con amplia experiencia queda fuera del mercado laboral, no solamente pierde ingresos: la sociedad pierde años de conocimiento acumulado. Y para las empresas, reemplazar experiencia por perfiles sin recorrido también puede tener costos ocultos: mayor rotación, capacitación permanente, errores, pérdida de clientes y menor productividad durante los períodos de adaptación.

La Argentina necesita recuperar una cultura del trabajo donde vuelvan a valorarse conceptos como compromiso, responsabilidad, capacitación y permanencia, pero también necesita comprender que esas virtudes no tienen edad.

Para las pymes, que necesitan productividad y resultados concretos, contratar a una persona experimentada puede ser una decisión estratégica. Alguien que ya atravesó diferentes ciclos económicos, conoció crisis, aprendió a negociar y tuvo que adaptarse a cambios tecnológicos puede convertirse en un verdadero activo para una organización.

El desafío también alcanza a los trabajadores mayores: mantenerse actualizados, aprender herramientas digitales, incorporar inteligencia artificial, capacitarse y demostrar que experiencia no significa resistencia al cambio. La experiencia tiene que venir acompañada de actualización permanente.

El futuro del trabajo probablemente no pertenezca exclusivamente a los jóvenes ni a los mayores. Pertenecerá a quienes puedan combinar experiencia, conocimiento, adaptación y resultados.

Por eso, aquella frase aparentemente provocadora —“solo mayores de 40”— debería abrir una conversación mucho más amplia. No se trata de cerrarles las puertas a los jóvenes. Se trata de dejar de cerrarles las puertas a los experimentados.

En un país que necesita producir más, vender más, crear empresas y recuperar empleo formal, desperdiciar talento por una cuestión de edad es un lujo que Argentina no puede permitirse.

La edad puede ser un número. La experiencia, cuando se combina con capacitación y capacidad de adaptación, puede ser una ventaja competitiva.

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